El modelo biomédico y posibles alternativas al sistema de salud mental

(Charla impartida en el taller: “Sonríe: las pastillas de la felicidad y la expansión de la medicalización” por Orgullo Loco Madrid en la X Universidad de Verano Anticapitalista.)

Empezaré hablando del modelo biomédico y de por qué ha triunfado como modelo dominante en los últimos cincuenta años y para finalizar propondré alternativas deseables al actual sistema de salud mental. 

En cuanto al modelo biomédico:

Nos dicen continuamente que las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro, que son hereditarias, que los enfermos tienen que tomar su medicación o resultarán peligrosos, que una enfermedad mental es igual que la diabetes y por tanto, los psicofármacos funcionan como la insulina. ¿Cómo han llegado a constituirse esta serie de afirmaciones en doctrina?

Robert Whitaker en su libro “Anatomía de una epidemia” nos ayuda a aclararlo, y cito: 

“Durante los últimos veinticinco años, el orden establecido psiquiátrico nos ha contado una historia falsa. Nos dijo que la esquizofrenia, la depresión y la enfermedad bipolar se sabe que son enfermedades cerebrales, a pesar de que no puede indicar ningún estudio científico que documente esa pretensión. Nos contó que los medicamentos psiquiátricos corrigen desequilibrios químicos en el cerebro, pese al hecho de que décadas de investigación no consiguieron demostrar que eso fuese así. Nos contó que Prozac y los demás psicotrópicos de segunda generación eran mucho mejores y más seguros que los fármacos de primera generación, pese al hecho de que los estudios clínicos habían demostrado que no era así. Y lo más importante de todo, el orden establecido psiquiátrico no nos contó que los fármacos empeoran los resultados a largo plazo.”

¿Cómo ha conseguido el orden establecido psiquiátrico convertir una historia falsa en la creencia dominante?

Para explicarlo debemos remontarnos a EEUU tras la segunda Guerra Mundial, entonces había 425.000 personas encerradas en los hospitales mentales y durante la guerra se habían declarado 1,75 millones de personas no aptas mentalmente para el servicio militar, en consecuencia, la enfermedad mental se convirtió en una preocupación primordial. Por entonces los tratamientos médicos consistían en el electrochoque, la lobotomía y el tratamiento insulínico, pero rápidamente, se empezaron a buscar soluciones paralelas al triunfo del avance de los antibióticos en las enfermedades infecciosas. El director del Instituto de Hartford Charles Burlingame declararía “Puedo prever la llegada de un tiempo en el que nosotros, en el campo de la psiquiatría, nos desprendamos de una vez por todas de nuestros antecedentes, olvidando nuestro origen en el asilo de pobres, el hospicio y la cárcel. Imagino una época en la que seamos médicos, pensemos como médicos y dirijamos nuestras instituciones psiquiátricas casi del mismo modo y con las mismas relaciones que se dan en las mejores instituciones médicas y quirúrgicas.”

El Congreso creó en 1949 el Instituto Nacional de Salud Mental para que supervisara la Ley Nacional de Salud Mental que había sido aprobada en 1946, en la cual se legislaba que el Gobierno sería el que patrocinaría la investigación para la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de los trastornos mentales.

No tardaron en aparecer medicamentos milagrosos para la esquizofrenia, la depresión y la ansiedad en una industria farmacéutica en rápido crecimiento dispuesta a capitalizar nuevos beneficios. 

Durante la década de 1950 los investigadores del Instituto Nacional de Salud Mental y   otros   propusieron la teoría del desequilibrio químico para explicar los trastornos mentales, en la cual, las pastillas podían curar todas las supuestas enfermedades del cerebro. 

Cada año salía un nuevo psicofármaco. Esta fue la década del boom de la primera generación de psicofármacos.

Pero dos décadas después la psiquiatría estaba en crisis, por una parte, apareció el movimiento antipsiquiatría liderado por Thomas Szasz quien en “El mito de la enfermedad mental” aseguraba que los trastornos psiquiátricos no eran de tipo médico, sino más bien etiquetas aplicadas a gente que luchaba con sus problemas de vida o que sólo se comportaba de formas socialmente insólitas.” 

Otro problema fue la competencia por los pacientes por parte de la industria de la terapia. 

Además, ya se habían demostrado los efectos graves de psicofármacos como las benzodiacepinas y se había demostrado la adicción que generaban.

Para salir de la crisis y reforzar el modelo biomédico la Asociación Psiquiátrica Americana eligió a Robert Spitzer en 1980 para revisar el Manual de Diagnóstico y Estadístico, la intención era defender un modelo médico aplicado a problemas psiquiátricos y así nació el DSM-III  que identificaba 265 trastornos diferentes.

Whitaker cuenta como “Críticos del manual afirmaban que “Ningún descubrimiento científico había conducido aquella reconfiguración de los diagnósticos psiquiátricos. La biología de los trastornos mentales seguía siendo desconocida, y los autores del manual confesaban incluso que era así. La mayoría de los diagnósticos, decían, << aún no han sido revalidados plenamente con datos sobre cuestiones tan importantes como el curso clínico, el resultado de la historia de la familia y la respuesta al tratamiento.>>”

Mientras la Asociación Psiquiátrica Americana creó en 1981 la división de publicaciones y marketing para fortalecer la identificación médica de los psiquiatras. La tarea de la Asociacion según su vicepresidente de entonces, Peter Fink era proteger el poder adquisitivo de los psiquiatras.

Así en 1980 la Asociación decidió permitir por votación que las empresas farmacéuticas empezasen a patrocinar simposios científicos en su reunión anual.

Cuando la Asociación creó un comité de acción política en 1982 para cabildear en el Congreso, esa tarea fue subvencionada por las farmacéuticas.

Los psiquiatras de distintas facultades, convertidos en lideres de pensamiento, fueron los que determinaron la visión de las enfermedades mentales de nuestra sociedad y una vez que empezaron a servir como oradores pagados, las empresas farmacéuticas les daban dinero a través de distintos canales.

De esta forma se llevo a cabo un plan de marketing por parte de la industria farmacéutica y los psiquiatras, donde para vender los psicofármacos era necesario afianzar la idea de la enfermedad en el cerebro.

Citando una vez más a Whitaker:

“Un poderoso sector de voces se unió durante la década de 1980 deseoso de informar al público de que los trastornos mentales eran enfermedades cerebrales. Las empresas farmacéuticas aportaron el músculo económico. La Asociación Psiquiátrica Americana y psiquiatras de importantes facultades de medicina otorgaron a la empresa legitimidad intelectual. El Instituto Nacional de Salud Mental estampó el sello de aprobación del Gobierno a la historia. NAMI (Alianza Nacional en favor de los Mentalmente Enfermos) aportó una autoridad moral.”

Como queda demostrado la visión biomédica es ideológica, se basa en la creencia de un supuesto daño orgánico que origina la enfermedad mental sin ninguna prueba empírica. 

¿Cuáles han sido las consecuencias del modelo biomédico en los últimos cincuenta años? 

Para empezar unos ingentes beneficios conseguidos por la industria farmacéutica con las ventas de psicofármacos en el mundo.

Cuatro millones de adultos estadounidenses de menos de sesenta y cinco años de edad están hoy en la seguridad social como discapacitados por enfermedad mental. Uno de cada quince jóvenes adultos está funcionalmente discapacitado por enfermedad mental. 250 niños y adolescentes se añaden a diario a las listas de la seguridad social por enfermedad mental.

La principal consecuencia del modelo biomédico es una epidemia de enfermedad mental discapacitadora, de tipo iatrogénico. 

La iatrogenia es un daño en la salud, causado o provocado por un acto médico. Deriva de la palabra yatrogénesis que tiene por significado literal “provocado por el médico o sanador.”

Las personas psiquiatrizadas, diagnosticadas y medicadas acaban sufriendo un proceso iatrogénico que se podría calificar de “enfermedad polifarmaceutica de medicamentos psiquiátricos.” Whitaker.

Los fármacos operan perturbando el funcionamiento normal de canales neuronales del cerebro. Los fármacos, en vez de estabilizar desequilibrios químicos en el cerebro los crean.

Muchas de las personas tratadas con psicotrópicos acaban con síntomas psiquiátricos nuevos y más graves, físicamente enfermos y cognitivamente deteriorados.

En conclusión, la afirmación de Whitaker en su “Anatomía de una epidemia”, con la cual nos sentimos plenamente identificadas, de que  

“ Nuestra sociedad cree que los medicamentos psiquátricos han significado un avance “revolucionario” en el tratamiento de los trastornos mentales, y sin embargo estás páginas hablan de una epidemia de enfermedad mental discapacitadora provocada por los fármacos.” Es una certidumbre que debería ser reconocida y aceptada por el actual sistema de salud mental.

Para que haya alternativas tendría que cambiar la mentalidad de los profesionales y de la opinión pública, por lo tanto, citando a Alberto Fernández Liria:

“La labor crítica pasa en primer lugar por desenmascarar las falsas promesas que entrañan las mercancías que nos prometen acabar con el sufrimiento.” 

 Así que desde Orgullo Loco Madrid proponemos como alternativas:   

 Buscar los medios de desenmascarar y superar el modelo biomédico.

Crear un marco legal para erradicar la vulneración de Derechos Humanos en la práctica psiquiátrica.

Adoptar el modelo de Casas de crisis, que ya funcionan en otros países. 

Neutralizar por medio de una legislación adecuada el modelo de financiación de las grandes compañías farmacéuticas a los profesionales y a las universidades.

Crear redes de apoyo más allá de la familia.

Investigar las psicoterapias y su resultado. 

 Impulsar los grupos de apoyo mutuo.  

Promover iniciativas como la del Hospital noruego que trata a las personas sin utilizar fármacos. 

Eliminar la categorización de enfermo mental 

Conseguir que los medios de comunicación dejen de asociar peligrosidad con enfermedad mental. 

Por otra parte, debo añadir que nuestra lucha jamás se puede entender como una lucha contra la sanidad pública sino contra un modelo neoliberal que saca beneficio de ella. 

En conclusión, no somos enfermas, nos han enfermado para convertirnos en clientes.

Publicado por Orgullolocomadrid

Somos un colectivo de activistas en salud mental. Luchamos por nuestros derechos y reivindicamos otra concepción de la locura. Twitter: orgullolocomad Instagram: orgullolocomadrid Email: Orgullolocomad@gmail.com

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